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MIS LECTURAS

Decía Eliacer Cansino que a todos nos espera algún libro en nuestra vida, uno en el que especialmente sentiremos que ha sido escrito para nosotros. Además de estar de acuerdo con él, creo que en todos los libros hay algún mensaje que nos llega al corazón. Esos son los que quiero ir compartiendo con vosotros desde esta ventanita. Allá voy...




RECUERDO DEL DÍA DE REYES DE 2013: Para un día mágico como el de hoy, el día de Los Reyes Magos, nada mejor que sumergirse en los libros de Gustavo Martín Garzo

El último que he leído, La carta cerrada, me ha dejado estos regalos:

- "Llegamos demasiado tarde a la vida de los hombres que amamos."

- "Morimos en las palabras que no llegamos a pronunciar, morimos en la tristeza de los que pierden la vida esperándolas. Las palabras que habrían podido ayudarles, y que no llegamos a pronunciar nunca, son el único pecado que no nos será perdonado."
- "No había una verdad absoluta, nada duraba para siempre, pues nuestra experiencia cambiaba sin descanso."






Los perros y los lobos de Irène Nemirovsky:

"—Mire, Simon Arkadiévich —dijo el padre de Ada—, a mí me pasa lo que a ese judío que fue a quejarse a un zadik, un hombre santo, y a pedirle consejo para remediar su pobreza. —E Israel Sinner representaba la conversación entre el pobre y el zadik—: «Santo hombre, estoy en la miseria, tengo diez hijos a quienes alimentar, una mujer gruñona, una suegra con una salud de hierro, fuerte y con buen apetito... ¿Qué puedo hacer? ¡Ayúdame!» Y el santo varón le contestó: «Mete doce cabras en casa.» «¿Cómo? Pero ¡si ya vivimos amontonados como arenques en un tonel! Dormimos todos juntos en un mísero jergón. No podemos respirar. ¿Dónde pongo a los animales?» Y el santo le respondió: «Escucha, hombre de poca fe. Llévate las cabras a casa, y glorificarás al Señor.» Al cabo de un año, el pobre volvió. «Bueno, ¿eres más feliz?», le preguntó el hombre santo. «¿Más feliz? ¡Mi vida es un infierno! ¡Si he de quedarme con las malditas cabras, me mato!» «Bien, pues ahora vas a deshacerte de ellas y disfrutarás de la felicidad que antes no reconocías. Sin sus cornadas y su hedor, tu pobre cabaña te parecerá un palacio. En este mundo, todo es relativo.» Así que ya ve, Simon Arkadiévich, yo también me quejaba de la Providencia de un modo parecido. Tenía que cuidar de mi suegro y criar a mi hija. Me mataba a trabajar y apenas podía alimentarlos, pero sudar a chorros para obtener un trozo de pan es el estado natural del hombre. Hacía mal en quejarme. Resulta que acabo de enterarme de que mi hermano ha muerto y su viuda, mi cuñada, va a venir a vivir a casa con sus dos pequeños. Tres bocas más. Trabaja, sufre, pobre diablo, mísero judío; ya descansarás bajo tierra."





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